Photo: Unknown

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Las piedras rugen con fuerza y se alzan hacia un cielo blanquecino y grisáceo. Mediodía de un día de primavera otoñal. El mundo sigue sumido en el tempo de las marionetas y las hormigas obreras, pienso para mis adentros mientras vamos acercándonos con la furgoneta hacia Montserrat. Para quién no es una marioneta, pueden dársele pastillas varias. Hay infinidad de ellas; un montón de drogas que apaciguan y esconden a la bestia, a los monstruos que (se) enseñan; los ahogan más adentro, los sumergen más hacia las profundidades de uno mismo. Suele ocurrir cuándo no saben qué hacer con alguien, cuándo no entienden su código y/o su realidad o cuando lo entienden pero el mundo es el que es, está como está, y tenemos que adaptarnos y tragar toda esa mierda, todas esas muertes en nombre de las más absurdas e infames justificaciones, toda esa violencia, toda esa corrupción, toda esa mentira, todos esos horrores escalofriantes, todo ese dolor, ese profundo e impotente dolor.
Pasa a veces con los qué, según ellos, piensan demasiado rápido, tienen demasiadas ideas, navegan demasiado profundo caminando de la mano de la locura en este manicomio que esta vida tantas veces es…
Quizá, adormilando el corazón y la mente de los que se salen de esta norma o lo considerado normal, el sistema sigue en pie. Pero quizá… no. Quizá esto no es más que el inicio de algo, la caída de algo, ese algo maquiavélico y tóxico que debió caer hace siglos. Por que quizá esa envenenada realidad ya no se soporta más. Ufff… Llega la náusea, la inmensa y demoledora náusea y entonces pienso en Sartre, y le echo tanto de menos…

El verde bosque reviste las piedras. Las piedras parecen tener vida propia. Veo magos, brujos, reyes y doncellas. Empiezo a escuchar sus conversaciones y delante de mí se crea toda una vida tras ese abrupto paisaje que, cada vez más, se va desdibujando. Aquí no hay lugar para los jazmines ni para las rosas; sólo sencillas, bonitas y duras florecillas silvestres; parecen tan delicadas, sin embargo… Infinitos insectos luchando por su supervivencia, entendiendo y aprendiendo con las leyes de la naturaleza, con sus ciclos. El bosque está poblado. El verde muestra una gran paleta de tonos. Tantos verdes…
-Aquí hay poder -comparto con Joan, que conduce la furgoneta. Él asiente con una placentera sonrisa entre los labios.
Seguimos subiendo entre pronunciadas curvas, cada vez más altos en la carretera estrecha, entre verdes y rocas y castillos y magos; observo el precipicio, desafiante se me muestra desde mi lugar de copiloto, y no siento el vértigo, ni ya la náusea. Algo en mis oídos causado por la presión, no más. ¿Será toda esta vida alrededor, ese «poder»? Huele a auténtico, a limpio, a puro, a vida, a lo que todavía no ha estado contaminado. Estoy fuera pero aquí siento algo más de tranquilidad. Leo en voz alta Carta de México, de Tristan Corbière y, Mi bohemia, de A. Rimbaud… Reflexionamos sobre la muerte… «No lloréis. En el mundo morimos como moscas», dice Corbière.
-Mira el paisaje -dice Joan.
Cierro el libro. Más verdes, otros castillos, nuevos personajes bajo azules grisáceos.

Ya se ve desde hace un rato la gran punta, fálica y potente, que parece querer alcanzar el cielo. Ahí está nuestro destino.
El silencio nos acompaña. En mi mente, aún no existe. Aunque esta excursión me está yendo bien, sigo subida a ese trineo que baja a toda velocidad. Y que a veces sube con la misma velocidad. Todavía temblando por todas esas turbulencias. Todo sigue yendo a una velocidad que apenas puedo controlar. La náusea, el asco y el horror se siguen vomitando. Poco a poco, día tras día va saliendo, se va expulsando todo, visceralmente todo. En este lugar, sin embargo, la calma me abraza y me sostiene, y se agradece.

Hemos llegado a Montserrat y encontramos un parking por el que tendremos que pagar después cinco euros por estar apenas 33 minutos. Vaya. Parece que llegamos a la civilización. Aquí ya huele diferente y el estómago se me gira. Arcadas. Me aparto, respiro, agua. Ya me siento mejor, el cambio energético supongo.
El lugar de reposo está contaminado por gente, demasiada gente, demasiado ruido. Y pienso que me sentí mejor durante el trayecto. Los escolares se mueven en grupo. Sus profesores les guían. Unas niñas vestidas de violeta espiritual cantan en coro frente al monasterio. Joan y yo estamos en silencio, observando todo el escenario. Aquí, al menos, no se ven garras ni colmillos salientes y afilados y, aunque preferiría más intimidad y silencio, esto es más soportable que todos los animales sin alma que manejan los hilos de las desdichadas marionetas.

Ignisis